De resultas del beso, me quedó en los lábios algo pegajoso, algo craso, que sabia á yeso.
¿Pero qué importaba?
¿Y la posicion?
Llegamos.
Poco despues estábamos en el estrado del hombre político.
CAPITULO VIII.
En que se vé hasta qué punto subordinan á lo positivo sus sentimientos amorosos las viejas y las jóvenes.
Yo creí que se nos recibiria en forma.
Pero me engañé.
Habia allí algunas señoras que parecian cualquier cosa, y algunos jovenzuelos, á todas luces, aprendices de hombres de Estado.