Estaban vestidas de una manera sui generis.
Lo que les faltaba de belleza y de juventud, les sobraba de ampulosidad en el traje y en los adornos.
Eran dos ejemplares preciosos de un género raro.
Fluia de ellas un ridículo sério.
El peor de los ridículos.
Cada una de ellas me agarró con los ojos en cuanto me vió, como hubiera podido agarrarme con sus tenazas un escorpion.
Las otras me miraron con una amable sorpresa.
Con una sorpresa agradable.
Yo me sentia perfectamente aceptado.
En cuanto á ellos, me habian saludado con una grave reserva.