Me comian á miradas.
Me agoviaban á preguntas.
Yo no sabia qué contestar.
Estaba á oscuras.
Conocian á la familia de doña Emerenciana.
Yo me veia obligado á apurar mi ingénio.
Afortunadamente allá, á las ocho y media, llegó el amo de la casa.
En el profundo, en el servil respeto con que le saludaron ellas y ellos, hubiera comprendido cualquiera, sin saber su nombre, que se trataba de un personaje importantísimo.
Don F... se dirigió ávidamente á mí.
Me estrechó la mano.