Lo que habia que extrañar, y mucho, en doña Emerenciana, era que nunca se le habia conocido amante.
Micaela me habia dicho que nunca jamás habia concedido el más leve favor á aquellos á quienes habia enamorado.
¿Qué era esto?
Una rareza, y tal vez se trataba de una sensualidad puramente ideal.
Tal vez esta excitacion de los nervios podia explicar aquellos ataques epilépticos de que no salia doña Emerenciana, sino por medio del sistema curativo del tio Calostros, el sereno.
Despues se quedaba como si tal cosa.
Como si por ella no hubiera pasado accidente alguno.
¡Oh! ¡Y qué vieja tan extraña!
Ella me habia autorizado; más aún, me habia incitado para que acudiese á las tres citas que tenia empeñadas.