La señora Nicanora se habia ido.

Apenas doña Emerenciana se habia acostado, y ya sus sonoros ronquidos demostraban que la hacia el amor Morfeo.

Micaela me llevó á su cuarto, se arrojó en mis brazos y me colmó de deliciosas caricias.

—Hombre,—me dijo,—ni siquiera te quitas el sombrero.

—¿Yo, qué hé de quitarme nada?—la dije, mirando mi reló;—si sólo me falta media hora para mi cita.

—¿Para tu cita?—me dijo con una expresion singular.

—Para mi primera cita,—la dije.

—¡Ah! ¿Con que no es una sola cita?

—¡Ah, no! Soy hombre de suerte; se han enamorado de mí tres damas en la casa donde me ha llevado, para hacerme hombre, doña Emerenciana.

—¿Qué edad?—me preguntó con una gran calma.