—Viejas.
—¿Qué posicion?
—Una ex-ministra, la hermana de ésta y otra ex-ministra.
—Pues anda, hijo, anda, no te entretengas; tú no sabes lo que sirven estas ex-ministras para hacer á un hombre ministro; pero mucho ojo; mira que están dadas al diablo, y es más difícil asegurarlas que si se tratara de encerrar el agua en una cesta. Les sobran los adoradores; tienen donde escoger. ¡Cómo que tienen para cada amor suyo una posicion oficial! Sino, averigua quiénes son los acomodadores de tanto y tanto perdido sério á sueldo del Estado: viejas amorosas; pero yo te aconsejaré, yo te daré lecciones. Yo sé bien que tú no puedes ni quieres escaparte de mi amor; que estamos unidos por una perfecta conveniencia de voluntades; que yo seré tu mujer, tu mujercita, estás; que no quiere á nadie más que á tí, y que cuando envejezca, no será vieja verde: y cuando me case contigo, quiero ser prudente; y que si yo no necesito cosas, como otras que han andado rodando por el arroyo, á las que todo el mundo, se sabe de memoria, y que, sin embargo, son las excelentísimas y virtuosísimas, y hermosísimas doña Fulana de Tal y de Tal, ornamento y orgullo de su sexo, una prueba indudable, de la grandeza á que pueden llevar sus méritos á una mujer. Anda, hijo, anda, que se acerca la hora, y estas liberalas son muy déspotas.
Como que conocen muy bien cuánto valen.
Abracé á Micaela y salí.
Ella bajó á abrirme la puerta.
Tomé el tole hácia la casa del grande hombre político, ex-ministro y jefe de partido, con el que me habia puesto en contacto mi adorada tia.
En el punto en que llegaba á la puerta de la segunda cochera, esto es, al lugar de mi cita, daba la una en un reló inmediato.