Pero yo recordaba que las manos de Aurora eran como manojos de sarmientos.
Que en cuanto á seno podia decirse de ella: unquam tabula rasa.
—¡Ya!—dije yo para mí:—¡y que sea yo tan torpe! Sin duda la señora ha enviado á su doncella.
Pero la doncella me convenia.
Me conducia.
No se habia inquietado por el contacto de mi mano en su seno.
Se detuvo.
Sentí á poco un leve ruido semejante al de la puerta de un carruaje que se abre.
Comprendí.
Uno de los carruajes que estaban en la cochera, era, sin duda alguna, un gabinete tan bueno como cualquier otro en que me hubiera recibido Aurora.