Sentí que la doncella, silenciosa siempre, subia y tiraba de mí.

Pero inmediatamente dió un grito.

—¿Quién hay aquí?—dijo.

Habia tropezado en unas piernas.

—¡Ah, ah!—dijo una voz áspera;—ya sabia, yo que habia de cogerte, Emilia, con el cabeza gorda.

La manecita suave y mórvida me soltó.

Sentí el crugir de la falda de una mujer que se alejaba á la carrera.

En seguida, un garrotazo, que me alcanzó á bulto, y que me hizo dar un graznido.

Pasó por mí no sé qué de angustioso y horrible.

Salté atrás.