—Vamos claros, señor, que yo no tengo porqué callar,—dijo el que sin duda se llamaba Gaspar;—yo soy el marido de mi mujer.
—¿Y qué tiene que ver esto con la brutalidad que has cometido con la señorita?
—Si la señorita no hubiera venido por las mismas escaleras del traspatio, no la hubiera sucedido nada: yo habia atrapado á mi hombre... sí señor, sí: á un señoritingo que he de comerme crudo, porque mi mujer...
—¡Como que tu mujer!—esclamó con un interés que no parecia natural se tomase el grande hombre.
—Mi mujer, con el pretexto de que la señorita la ocupa hasta muy tarde para que la cuente cuentos, no viene á mi cuarto ya hace más de quince dias hasta cerca del amanecer: y como nadie se queda en las cocheras...
—¡Eh! ¡Qué!—dijo el hombre público;—¿qué nos importa eso?
—Si á V. E. no le importa, á mí sí; y me va pareciendo que...
—¡Cómo, cómo!
—Que no es un señoritingo, sino V. E... el que tiene citas en el landó con mi mujer.
—¡Cómo! ¡Insolente!—exclamó el hombre público.