—Lo que yo digo, señor, es que yo no merezco que V. E. me trate con una tal dureza.

—¡Ah! ¿Era eso lo que querías decir?

—Ya lo creo, señor; yo soy muy leal á V. E.; yo no podia figurarme...

—Dejemos esa conversacion.

—Sí: pero resulta que yo le he dado un garrotazo á la señorita Aurora.

—Tú creiste sin duda que habia ladrones en la casa.

—Lo que siento es el garrotazo que á V. E. le he dado en la cochera: ¡ya se ve; está aquello tan oscuro!...

—¿Pero estás loco, Gaspar? Tú no me has dado garrotazo alguno; yo llegué, llamé, no me respondieron; creí que Pedro no habia podido acudir y me entré por la puerta principal, y me encontré con el alboroto.

—Pues entonces, señor, ó la señorita Aurora traia este belen, y se valia de Emilia, ó Emilia esperaba á V. E. y al otro.

—¡Cómo! ¡qué!—exclamó,—acreciendo en interés y con acento irritado el grande hombre.