Todo acceso era imposible.

Por el único lado que no habia tejado, se veia la boca tenebrosa de un profundo patio.

La lluvia era ya torrencial.

Tenia la cabeza descubierta, y el agua, penetrando por el cuello, me corria sobre la piel.

Mi magnífico abrigo no me servia más que para abrumarme con su peso.

El viento, que era, glacial, empezaba á helarme.

Me lancé á la puertecilla.

Me entré en un desvan.

Allí por lo ménos, no me caeria el agua encima, ni me batiria el viento.

Habian cesado los golpes.