Pero seguian los sollozos.
Hubo un momento en que creí que el irritado se habia olvidado de mí.
Pero me engañé.
Aquel mónstruo, que sabia demasiado que yo no podia escapar, habia ido á prevenirse.
Sentí pasos en unas escaleras.
Ví luz por las rendijas de una puerta, que se abrió.
Apareció un hombre vestido con una larga levita vieja, y en la cabeza una gorra militar de jefe, de coronel.
Tenia por lo ménos setenta años.
Esto me importaba muy poco.
Lo que me importaba mucho, era que traia en la mano derecha una pistola de arzon, y en la izquierda una de esas lamparillas que se llaman capuchinas.