—¡Ah, miserable!—exclamó al verme:—¡así te has atrevido al coronel Arrumbales!
—Permítame usted, mi coronel,—le respondí;—yo nunca me he atrevido á los individuos de la benemérita clase á que usted pertenece.
—Pero te has atrevido á una individua adjunta á mi por la naturaleza y por la moral: á mi hija.
—Yo no tengo la felicidad de conocer á esa señorita: yo estoy aquí por un accidente.
—¡Ah, ah! ¡Tú pretendes engañarme! ¡Tú has forjado una historia!
—Esa misma señorita afirmará la verdad de lo que digo.
—¡Ah! ¡Sí¡ ¡Tú eres el gato! ¡Habia subido á buscar el gatito! ¡Ella tambien hace novelas! ¡Pues bien; estas novelas se convierten en trajedia! ¡Sígueme ó te mato!
Y me encañonaba aquel maldito pistolon, que parecia un cañón de á treinta y seis.
—Hágame usted el favor de tranquilizarse,—le dije,—que el diablo las carga y puede suceder una desgracia inútil.
—Sígueme, pues; echa delante,—exclamó.