Adelanté.

Apenas habia pasado de él, cuando sentí un puntapié formidable que me hizo vacilar.

Se me saltaron las lágrimas, no sé por qué fenómeno.

Pero aquellas lágrimas eran las de un tigre.

Bueno es que sepan los lectores que no soy cobarde.

Me volví furioso; pero me encontré con la boca del cañón de la pistola en la frente.

Ni que yo hubiera sido el gigante Fierabrás.

—¡Marchen de frente!—exclamó el coronel.

Yo tomé por las estrechas escaleras; llegamos á un corredor.

—Abre esa puerta,—dijo el coronel:—ese es el aposento de tu esposa.