Sentí, pues, un grande consuelo físico por la impresion de la alta temperatura de aquel gabinete.

Me habia dado en la nariz un suave perfume.

Lo primero que habia visto habia sido un cándido lecho completamente blanco.

Una mujer estaba replegada sobre una butaca al lado de una chimenea encendida.

Yo no podia juzgar de esta mujer sino á bulto, á causa de su posicion.

Yo no estaba para saludos.

Ni para nada.

Me molestaban los dos dolores de las dos contusiones.

Arrojé el gaban empapado de agua, que no era ya abrigo, sino tormento, y me senté desfallecido en una butaca que habia al otro lado de la chimenea.

Poco á poco fuí volviendo á la reflexion, tranquilizándome.