—Entra en el cuarto de tu esposa.
El me habia casado con ella.
Yo me habia enjugado.
Se me habia calmado en gran manera el dolor de los golpes.
No me sentia del todo mal.
Todo aquello olia bien.
Yo estaba vestido de una manera elegante y distinguida.
Era posible que bodas aquellas cosas que habian tenido lugar en pocas horas, y de una manera tan extraña, las hubiese permitido la providencia para convertirme, dándome una posicion honorable.
Aquel Alfredito á quien habia llamado la niña, me inquietaba.
Me acordaba, por otra parte, de mi hermosa, de mi adorada Micaela, de mi esposa del corazon.