La estupidez á otra parte mayor.
Los hombres de buen sentido son raros, muy raros.
Apenas si se encuentra uno en toda la vida.
¿Quién comprendia, ni quién podia comprender la temeridad de aquel terrible coronelazo, dejando sola con un hombre á su hija, sino por un exceso de positivismo, ó más bien de cinismo?
En cuanto á mí, no me pesaba de la aventura.
Se unia á esto que la sorpresa que yo habia causado en la niña, era grata para ella.
Fijaba en mí, con un placer candoroso y tentador, sus grandes ojos garzos.
—Yo creia que era Alfredito,—me dijo.
—¿Y quién es Alfredito?—dije yo.
—El vecino.