—¿Y quién es el vecino?
—Un muchacho.
—¿Qué edad tiene?
—Doce años.
—¿Y por qué salias tú á recibirle al terrado?
—¡Calla! ¡Y me tutea usted!
—Eres mi esposa.
—¡Ah! ¡Es verdad! Papá dijo: «Entra en el aposento de tu esposa:» por eso yo creí que seria Alfredito, porque es mi novio.
Yo me espeluzné.
A pesar del aspecto de inocencia de la niña, en que yo veia una inmaculada pureza del alma y del cuerpo, aquel Alfredito que se entraba de noche por el terrado en la casa del coronel Arrumbales y en el cuarto de su hija, me irritaba, me mortificaba á pesar de sus doce años.