Algunos verdaderamente enamorados de ella y de su cuantiosa dote, habian procurado entenderse, lo cual no era muy fácil con el coronel, y le habian pedido la mano de su hija.
—Usted se ha equivocado;—respondia con una agresiva seriedad Arrumbales:—el matrimonio es la esclavitud de la mujer, y yo no quiero que mi hija sea esclava: mi hija no se casará mientras yo viva, y yo pienso vivir más que ella.
Esto era desesperante.
Hubo quien le dijo que esperaria á que Eloisita fuese mayor de edad.
—Cuando sea mayor de edad y pueda disponer de sí misma,—decia el tremendo coronel, mataré al que mi hija haya elegido para hacerse esclava.
Un desventurado se atrevió á decirle en el colmo de su locura, que seduciria á Eloisita, y que le obligaria á dársela por una razon de honor.
Aún no habia acabado de decirlo, cuando le abofeteó.
El abofeteado no tuvo valor bastante para pedir razon de las bofetadas.
Se las tragó.
Era mucho viejo el tal coronel.