Me puse en franquia.

Me fuí al Brillante, buen café, que se cerraba muy tarde.

Le encontré cerrado.

Debian ser más de las tres.

Miré el reló.

En efecto, eran las tres y media.

En fin, encontré abierta la chocolatería de doña Mariquita.

Pero mi estómago no estaba entonces para chocolate.

Necesitaba algo más sólido.

Me acogió al café de las Antillas.