Entré.
Me dio al momento en la nariz un olor de mil perfumes.
Sentí un calor delicioso.
Se cerró la portezuela.
El carruaje partió y continuó despacio.
—¡Ay, amor mio!—exclamó una temblorosa voz de mujer.—¡Ay, niño de mi vida, que al fin te puedo hablar! ¡Cuánto he sufrido! ¡Cuánto he amado! ¡Estoy aquí desde antes del amanecer!
Afortunadamente yo tengo enfermos en el hospital general.
Voy á cuidar de ellos.
¡Cuánto he sufrido!
¡Cuánto he ansiado!