Estaba terriblemente nervioso.

Con uno de esos cansancios que no dejan descansar.

Sentia además una debilidad extrema.

Me levanté, llamé.

Pedí un ponche de té, bien cargado, y fiambres.

Mientras me lo servian, oí que en el cuarto inmediato disputaban dos que parecian, por su acento y su manera, personas notables.

El uno de ellos estaba irritado.

—Esto es monstruoso,—decia:—aquí, en este miserable artículo, se falta á todo cuanto puede faltarse; se apuntan secretos graves; se prepara una campaña encarnizada; se comprometen grandes intereses del partido: don F... se impacienta, nos abandona.

El nombre de don F... me llamó la atencion.

¿Era tal vez mi artículo el que producia la cólera del que hablaba, que debia ser un hombre político?