Habia tenido la fortuna de enamorarla de una manera monstruosa.

Me miraba, que me comia, con sus pequeños ojos hundidos.

Me enseñaba más de lo que habia creido.

Yo soy muy limpio.

A mí no me ha criado Dios para sufrir viejas verdes.

A Guadalupe, la dignísima esposa de su excelencia, la sundelaba un poco el aliento.

Me hablaba con tanta vehemencia, que se metia mis narices en la boca.

Yo me veia obligado á prestarla atencion.

—¡Pero señora!—exclamé yo:—¡usted se olvida de que soy un chico bien educado!

—¡Ah! ¡La educacion! ¡Y puedes tú tener educacion!