—¡Ah! ¡Ya! ¡Usted cree que un hombre pobre no puede llamarse bien educado!
—No, señor: un miserable que, como tú, necesita de una horrible vieja para que le mantenga, no puede llamarse bien educado.
—Pues bien, señora; yo no diré que soy bien educado, pero diré, y digo, que soy muy atento.
—¡Es verdad! Muy atento á las picardías: hijo, tú has dicho: de lo de Dios, cuanto más mejor.
—¿Y qué es eso que usted llama lo de Dios, señora?
—El dinero.
—Verdaderamente,—dije:—el dinero es lo mejor que Dios ha hecho: ¡oh! ¡Dinero, dinero, dinero! ¡El dinero es Dios!
—Pues; y tú te has dicho: he vuelto loca á una vieja; me produce tanto; volvamos loca á otra vieja y tendremos otro tanto más: ¡ah, qué bien merecido ha estado el garrotazo que se ha mamado mi hermana! ¡La lástima es que á tí no te han despampanado!
—¡Ah, señora, que tengo este hombro casi deshecho! ¡otro feroz garrotazo!
—¿Sí? ¿Es verdad? ¡Pues me alegro!