Guadalupe se emocionó de una manera formidable.
—¿Qué dices?—exclamó.
—¡Cruel!
—¡Cállate, hombre, cállate! ¡No me mires de ese modo! ¡Acabarás por hacerme creer que eres un ángel!
—¿Pues quién lo duda, señora, quién lo duda? Yo soy el mejor hombre del mundo.
—Sí, que lo diga mi hermana.
—¡Y vuelta con la educacion! ¿Qué tiene que ver la educacion con todo esto?
—¡Ah, señora! Yo no podia dejar de aceptar una cita dada por una respetabilísima persona.
—Mi hermana no es respetable: si mi hermana no se ha casado, ha sido por falta de respetabilidad: ¡si desde que tenia diez años se ha estado metiendo por los ojos de los hombres! ¡Si en mirándola cualquier quidam medio sí medio no, se accidenta! ¡Si ha rodado hasta por debajo de las mesas de los cafés! Fortuna que el otro, el mio, se industrió y se hizo diputado, y senador, y gran cruz, y académico de ciencias morales y políticas, y qué sé yo qué más, y jefe de partido, y ministro, y no ha querido que ande de ceca en meca, deshonrándonos; porque cuando la revolucion, no habia en el café Imperial, ni en el de Madrid, ni luego más tarde en las buñolerías, nada más que ella.