Yo me sentí arrastrar de nuevo por el torbellino.
Loreto era una libre pensadora.
Una volteriana.
Una doctora.
Un non plus ultra, y con las dos columnas, y con los dos globos.
Yo me ahogaba.
Aquella mujer me absorbia.
—Vengamos á la cuestion subsidiaria,—me dijo Loreto con el acento conmovido por un afecto muy natural, puesto que me amaba, y teniendo en cuenta que nada hay más egoista ni más exclusivo que el amor:—no soy yo la sola mujer de quien estás enamorado, y esto lo comprendo.
La que cree ser única, es una inocente.
¿Ni qué diablos vale un hombre que se contenta con una sola mujer?