No sabes tú qué rico es ese diablo de vejestorio de coronel.

No sabes lo enamorado que está de mí.

Juzga por lo que voy á decirte.

Aún no hace tres horas que estaba aquí, á mi lado.

Yo le habia enviado un recado.

No se debe escribir.

Vino al momento.

—Solamente por usted,—me dijo,—hubiera yo dejado los graves, los gravísimos negocios que me abruman.

He dejado encerrada á mi hija.

¿Y para qué, señora, para qué?