El coronel se puso pálido.

Tembló, balbuceó, me miró con una ansiedad angustiosa.

Le arrimé otro puntillazo.

—¡Usted se pone frente á frente de mí!—le dije:—¡Pues bien; nos veremos! ¡No se queje usted cuando sobrevengan las consecuencias!

Se rindió á discrecion.

—Vamos,—me dijo;—está visto que usted hará de mí lo que quiera: empeño mi palabra de honor no sólo de no matarle, sino tambien de tratarle con el mismo amor que á mi hija.

—Pues bien; la niña á casa.

—No, señora, no; que vaya á verme ese tuno.

—¿Palabra de honor de que le recibirá usted como á un hijo querido?

Te advierto que hay que creer como en lo más positivo del mundo, en la palabra de honor del coronel Arrumbales.