Reconocí la voz de Micaela.

Me dió el corazon un vuelco.

Me alegré.

Estaba verdaderamente enamorado de Micaela.

—No tengo á nadie más que á tí en el mundo,—me dijo.

Me he emancipado.

Le he dado una tunda á esa maldita vieja por tí, y no tengo casa ni hogar.

Por lo pronto nos vamos al baile de la Zarzuela.

—Al diablo,—dije yo para mí:—esto se enreda.

—Ahora bien,—dijo Micaela;—hablemos algo de lo que importa: tú estás enfermo, hijo mio; si sigues con esa vida turbia estás expuesto á que yo te la de.