—¿Y qué me vas tú á dar?

—Una puñaladita que te deje seco: ¡pues no faltaba más, pimpollo! yo tengo un claro y perfecto derecho de propiedad sobre tí.

—¡Me gusta el desenfado!

—¡Pues claro está! Por lo que ha dicho doña Emerenciana, que está furiosa, tú has cargado con todas las viejas verdes de Madrid y con las que no son viejas. Si yo no lo hubiera sabido todo, no te hubiera esperado á la puerta de la casa del coronel Arrumbales.

¡Vaya un apellido!

¿Y vas á tener tú la pésima ocurrencia de casarte con una jovenzuela que se llama la señorita de Arrumbales?

—Esto es camama, niña, esto es camama; esa polla es millonaria.

—¡Vaya una camama! ¡cómo si fuera una camama el dinero!

—No señor: la camama es cogerla la dote antes de casarme con ella: ¡un millon!

—Mira, no me vengas á mí con infundios; tú me tienes miedo y quieres dármela.