La Nicanora puso la palmatoria en la mesa de noche.
—Hijo mio,—me dijo,—tú no me trataras á mí como á la Micaelita: tú no saldrás de aquí sino cuando yo quiera: cuando á todas las otras se las vaya llevando el demonio.
Quise protestar.
Pero me encontré con que tenia delante á una fiera.
Sus ojos relucientes y encarnizados me devoraban.
—Eres muy bonito,—añadió,—muy buen mozo.
Muy hombre.
Muy tunante.
Estoy muerta por tí.
Me has quitado el sueño.