¡Y tan pronto, señor, tan pronto!

A la Nicanora se la saltaban los ojos de amor.

Se la agitaba el seno que era una atrocidad.

Tenia hinchadas y le palpitaban las arterias de la garganta.

Aquello era un temblor de tierra.

Una tempestad, con truenos y relámpagos.

Un cataclismo.

—¿Qué has robado tú á doña Emerenciana?—exclamé asustado.

—Sí,—me respondió con un grande aplomo:—la he quitado las alhajas que tenia sobre el tocador; mira.

Y se fué á su baul, que estaba en un rincon, y sacó de él un pañuelo de seda que envolvia algo.