En fin, yo iba ganando.

Pero me habia enamorado de doña Emerenciana.

De los hoyitos de sus mejillas, de su boca tan graciosa y tan fresca.

Noté que la puerta de escape, que no era muy alta, tenia por ajustar mal en su parte superior, una rendija, un movimiento de las maderas.

Fuí poco delicado.

Me propuse sorprender el misterio del dormitorio de aquella buena hembra, que de tal manera me habia cogido la voluntad, y que tan complaciente á veces, tan reservada otras, se habia mostrado conmigo.

El gabinete estaba alfombrado.

Esto me permitia andar sin producir ruido.

Me acerqué silenciosamente á la puerta del gabinete.

Coloqué sin ruido la silla, subí en ella y miré.