Los inspectores y los órden-público me daban la jindama.
Las dejé liadas, y me escapé.
Esto era cobarde.
Pero no pude hacer otra cosa.
Ampararme de algo que fuera una potencia.
Una jóven, y una casi vieja, se batian por mí, y hacian méritos para que las aposentasen en la prevencion.
Otra vieja verde, Aurora, yacia en un lecho, por la virtud de un garrotazo recibido por amor mio.
El excelentísimo señor don F... era su cuñado.
¿Quién otro podia protejerme mejor que él?