Sobre un sillon otros dos mayores.

Eran el seno y las caderas.

Despues de haberse puesto la gorra de dormir, aquella arpía se llevó la mano á la boca.

Se sacó de ella una caja completa, que puso sobre el velador.

Sólo los ojos eran los mismos.

Grandes, negros, resplandecientes, poderosos, jóvenes, pero por su misma hermosura determinaban con las fealdades un contraste horrible.

Don Bruno no habia exagerado.

Podia asegurarse que doña Emerenciana estaba en sus sesenta años.

Yo me retiré espantado, de mi acechadero.

Cuando me bajé de la silla, me encontré delante de mí una preciosa rubia de diez y ocho ó veinte años.