Era Micaela, la doncella de aquel horrible vestiglo.

Una compensacion.

La muchacha se puso un dedo en la boca, como imponiéndome silencio, y me dijo que la siguiera.

Yo la seguí.

CAPITULO IV.

En que doy al lector algunos datos acerca de mí mismo.

Para mí era completamente desconocida Micaela.

Y sin embargo, habia un no se qué en la manera con que me miraba, que parecia indicarme que éramos antiguos conocidos.

Era una chica alta, esbelta, rubia y resplandeciente de juventud y, al parecer, de pureza.

Pero resuelta y viva, y de todo punto espiritual.