Su traje de casa era elegante.

Más que una criada, parecia una señorita.

Me llevó á su cuarto.

Su mueblaje se reducia á una cama de hierro modesta, pero cómoda, á una mesa de noche, á una pequeña mesa de pino y á dos sillas.

En un rincon habia un baul.

Sobre la mesa algunos libros, al parecer novelas, y un tintero.

Sobre la mesa pendia de la pared un espejo ordinario.

En otra pared, y tambien colgados, se veian algunos trajes.

Micaela continuaba mirándome como se mira á un antiguo conocido.

Más aún.