Yo le ayudé.
Rompimos al fin por medio.
Nos lanzamos por las escaleras.
El portero aturdido nos dejó el paso libre.
Salimos á la calle.
La puerta de la casa de Arrumbales estaba inmediata.
—Ya sabes quién soy yo, y tengo la seguridad de que tú procurarás que yo no te extermine,—me dijo:—mañana terminaremos esto, ven á verme; buenas noches.
Yo aproveché la ocasion.
Me gustaba más que el cuarto del hotel de París el cuarto de Eloisita.
—¡A mi casa!—dije:—yo no tengo casa.