—Bueno, papá,—dijo la niña con voz soñolienta y bostezando de una manera deliciosa.
Arrumbales me llevó á su cuarto.
—Sé todo lo que ha pasado en el teatro de la Zarzuela,—me dijo con voz severa,—y fuera de la Zarzuela. Loretito me lo ha contado todo: te prevengo que si no te dejas de desórdenes y de tunanterías te acogoto; tu tienes ya la obligacion de hacer feliz á mi hija: si la causas el más leve disgusto, te hundo el cráneo.
Yo me deshice en protestas.
—Obras son amores y no buenas razones: tú eres un canalla: tú has abandonado en el peligro á una grande amiga tuya: ha habido un gran escándalo: se las han llevado á las dos á la prevencion: Loreto me ha llamado en este apuro: yo he servido de fiador, y las han soltado: me he traido á Loreto, y la otra se ha ido á su casa ó á donde ha querido: mañana, ó más bien, luego, sera necesario que se eche tierra al juicio de faltas.
—Tiene usted que pensar en que se eche tierra á otro negocio mio,—le dije.
Y le conté lo de Nicanora.
—¡Ah!¡ah!—dijo:—pues es necesario confesar, que tú has nacido para volver locas á las mujeres. ¡Peste! ¡un títere! Pero, en fin, así son ellas.
Eso se arreglará también: acuéstate en mi cama, y descansa: debes estar rendido, maldito.
Al fin habia yo dado fondo.