Despues vuelta al café, una merienda, y al despedirnos cuatro ó seis pesetillas.
Y hasta pasados ocho ó diez dias.
No era una gran cosa, bajo el punto de vista utilitario, porque gastaba de mí más que yo aprovechaba de ella; pero, en fin, ménos dá una piedra.
—¡Oh desgracia!
—Cuando entraba yo lleno de esperanzas en la casa del canónigo donde se me recibia como un antiguo conocido, no ménos que como sobrino de Rosita, que así se llamaba la cocinera, me encontré con que ésta derretia sus mantecas hablando con el mayor gusto del mundo con un músico de ingenieros.
¡Horror!
Aquel infame me miró de una manera sesgada, conoció en mí un rival.
Me faltó de una manera indecente.
Me llamó... no importa qué.
Se rió Rosita.