Me fuí á vigilar á Adriana.

La encontré; en un rincon en conversacion muy tirada con un inspector de vigilancia.

—¡Ah! ya sé,—dijo el inspector;—éste tiene seguro, es ayudante de la Piquirina.

Somos inútiles.

Yo me tranquilicé; me confundian con otro.

—¿Y á quién se le ocurre, señora,—añadió el inspector,—venir con alhajas á Capellanes? Ustedes son muy imprudentes; aquí no hay más que chulos, y buscavidas y tomadores.

—Ese brazalete era de mi señora,—exclamó sofocada Adriana.

—Pues allá usted, hija, qué le hemos de hacer.

—Yo estimaria á usted...

—Haremos lo que se pueda.