—Bien puedes ser todo eso que tú dices; tú eres listo.
—Me estás matando, Micaela, y por tí soy capaz de todo; ¡ay qué garganta y qué boca!
—Pues á ganarlas, amigo mio. Váyase usted á la sala, y buenas noches.
—¿Es esta una determinacion decidida?
—De todo punto decidida, y de tal manera, que si no te vas, te echo.
En aquel momento sonó un grito agudísimo.
—¡El maldito accidente!—exclamó Micaela,—vamos, ya tenemos la noche; en uno de ellos se queda; es necesario cuidarla; ella es nuestro porvenir.
Micaela se habia echado fuera del cuarto.
Yo la habia seguido.
Poco despues entrábamos en el dormitorio de doña Emerenciana.