CAPITULO VI.
En lo que puede consistir que un hombre sea feliz cuando se cree más desgraciado.
Doña Emerenciana estaba sobre la alfombra.
Se agitaba en las convulsiones de uno de los ataques epilépticos más terribles que yo he visto en toda mi vida.
Aquella horrible vieja era un esqueleto repugnante.
Yo, aunque estoy dotado de un estómago muy fuerte, sentí náuseas.
Doña Emerenciana nos hacia ir adelante y atrás con sus horribles convulsiones.
Por dos veces nos caimos con ella.
Al fin logramos colocarla en el lecho.
—Ténla firme,—dijo Micaela,—que no vuelva á venir al suelo; yo voy á llamar al sereno.