—Sí, hombre, no hay nadie que mejor la sujete que el tio Calostros; se abraza á ella, y á poco vuelve en sí como por encanto. Además, cuando vuelva en sí no quiero que te vea y que sepa que tú la has visto tal cual ella es: seria funesto.
Micaela se fué al balcon, y llamó, ni más ni ménos que si hubiera sido un tunante.
Soltó un silbido rasgado.
Cerró de nuevo el balcon, y vino á ayudarme á sujetar á doña Emerenciana.
Yo estaba ya rendido.
Poco despues entró el tio Calostros.
—Vale Dios,—dijo dejando el chuzo en un rincon,—que yo tengo gracia para hacer que la señora vuelva en sí.
—Vámonos,—dijo Micaela;—el tio Calostros no nos necesita.
—Pues pur de cuntadu, señurita Micaela,—dijo el maruso quitándose la anguarina.