Nos salimos.
Se oyó un ruido de lucha, gritos sofocados, estremecimientos horribles.
Al fin, á los diez minutos, apareció el tio Calostros con la anguarina puesta y el chuzo en la mano.
—Vamus,—dijo,—ya está gubernada la señora. ¿No habrá pur ahí una butelleja de vino? Face un friu de mil demonius.
—Vaya usted al comedor y tome usted lo que quiera, tio Calostros,—dijo Micaela.
—Moitas gracias, señurita Micaela, usté siempre tan buena. ¿Y cuándo le dá á usted alferecía?
—El sabadu que viene,—dijo Micaela.
—Vaya, pus buenas noches y salú, y si ocurre otra vez, no hay más que avisar.
El tio Calostros salió del gabinete.
Micaela entró en el dormitorio.