La lista era infinita.

Micaela empezaba á tomar para mí la apariencia de un ángel.

—La maldita bruja,—exclamó Micaela,—se ha quedado tan tranquila como si tal cosa.

Tú tienes la culpa, la has enamorado. Me ha preguntado por tí, yo la he engañado, me ha mandado que te cuide mucho, y sobre todo, que no me enamore de tí.

—¿Y no te ha encargado que yo me cuide de ella?

—¡Ah, vieja infame, y ya tenemos la noche toledana! la pueda repetir el accidente, y las repeticiones son terribles.

—Pero aquí no podemos hablar, mi querida Micaela.

—Sí, cuando vuelve de un accidente pierde la razon, y luego cae en una soñarrera, de tal manera densa, que aunque disparasen junto á ella un cañonazo no lo oiria.

—¿Y por qué siendo rica doña Emerenciana no tiene á nadie más que á tí para que la cuides?

—Ya te lo he dicho, yo no soy verdaderamente su criada, la mayor parte de sus conocimientos me creen su sobrina. Doña Emerenciana no quiere que nadie conozca sus rehenchidos y sus adobos, el aguador compra, una asistenta que se va por la noche, guisa y limpia la casa. Yo más que otra cosa, soy su confidenta, y me va bien, espero. Casi casi estuve por aconsejarte que la hicieras el amor; pero yo gozaba, siendo para tí un misterio. Ve aquí, la casualidad lo ha hecho todo.