—¿Por don Bruno?
—Mira, puede ser.
—¡Pues si le ha engañado, ó pretendido engañarle por mí!
—Te diré: no es que doña Emerenciana ame á don Bruno ni mucho ménos, ni cómo habia de amar á un tal camello: es que don Bruno la tiene amedrentada.
—Ya lo sé: la hace el espanto.
—Pues, y tiene ahuyentado al cariño, á la pasion, á la locura de doña Emerenciana.
—¡Algun chulapejo!
—¡Quiá! Un sietemesino espiritado, con la cabeza muy gorda y el cuerpo muy flaco, pequeñuelo, ruin: un engendro del diablo.
Y sin embargo, ahí verás tú. Doña Emerenciana está loca por él: es necesario que tú desbanques á ese Adonis; que le arrojes del corazon de la vieja. Hipolitito no se atreve á entrar en la casa, ni tan siquiera á pasar por su calle: y la adora; pero siempre está á las vueltas de doña Emerenciana don Bruno, y al solo nombre de don Bruno, Hipolitito se liquida, pierde el sentido de miedo, le salen alas y escapa: doña Emerenciana se pasa semanas enteras sin ver á su cariño; pero recibe todos los dias tres cartas suyas por el correo interior, y en cada carta un retrato suyo en actitud distinta: tiene ya una coleccion numerosísima de representaciones del tal vichejo; pero calla,—añadió Micaela aplicando el oido.
¿Qué dije yo?