—Ignoro qué ha sido de él, contestó; preguntadlo á Apsley, porque de seguro, cuando un noble desaparece, los calabozos secretos de la Torre deben conocer su suerte, y sólo por orden de Apsley pueden cerrarse sobre un hombre.
—Mis capitanes normandos te acusan de haberles depuesto y preso, por haberse negado á reconocer por mi sucesor en el reino á mi sobrino Artus de Bretaña.
—Cierto es que los invité á que reconocieran al príncipe Artus por sucesor; pero también es cierto que sin duda fueron presos porque su adhesión á vuestra gracia importunaba al príncipe Juan y á su hechura Apsley.
El rey movió incrédulamente la cabeza.
—¿Y pretender la declaración de derecho á sucederme en favor de Artus, viviendo yo, gritó el rey, no es una traición?
—Vuestra gracia estaba preso en Alemania, señor, y era de temer una alevosía por parte del cobarde y cruel emperador Enrique VI. La declaración de derecho en favor de Artus de Bretaña, era una medida previsora. Yo hubiera volado al frente de un ejército á rescataros; pero contando con lo feroz del carácter del emperador; era exponerse á causar vuestra muerte.
—Acabaremos por creer que tras todo lo sucedido, gritó el rey, debemos agradecerte lo que has hecho, canciller.
Guillermo de Longchamps inclinó la cabeza en señal de asentimiento.
—Esto es ya demasiado, milord, contestó el rey, cuyo furor estalló; ¿y ese alboroto en que el pueblo pedía tu cabeza, en que te maldecía, en que te echaba en cara el hambre de sus hijos, á quién se debe? ¿Crees tú que un rey puede permitir que desuellen á su pueblo, para que otro se abrigue con su piel?
—Os digo, señor, que en esto, como en todo, me condenan las apariencias: si he gravado al pueblo con tributos, ha sido por vos señor.