—¡Por mí! murmuró el rey con extrañeza.
—Por vos, señor. ¿De dónde hubiéramos sacado los doscientos cincuenta mil marcos de plata que se han entregado por vuestro rescate al emperador, que se había desentendido de los ruegos de vuestra madre la reina Eleonora, de las excomuniones de nuestro Santo Padre Celestino, y de los amagos de guerra que yo le mostré en nombre del reino? ¿De dónde sacar los dos millones de florines que ha costado el fallo favorable de la Dieta germánica, en la acusación que os señalaba reo del asesinato de Conrado, marqués de Tiro?
-Pero yo me he justificado de esa infame acusación.
-Desengañáos, señor; sin los dos millones hubierais sido condenado.
-Mi madre ha vendido sus joyas...
-Las joyas de la reina no valían mil tarines. En fin, señor, yo he creído, que si para que se salvase un rey debe perecer un pueblo, el rey es lo primero[A]. Además, estoy pronto á entregar á vuestra gracia diez mil marcos de oro, que os servirán de mucho para hacer la guerra á Felipe Augusto de Francia, que os exigirá, á no dudar, pleito homenaje por los Estados del Poitú y la Normandía.
[A] Téngase presente la época, la situación y el carácter de los personajes, y no se hallará monstruoso este pensamiento.
El canciller, viéndose en un apuro, abandonaba su rapiña, y compraba al rey su cabeza á peso de diamante.
El rey meditó un momento; conoció sí, toda la infamia que se ocultaba tras el relato del canciller; conoció que no haciendo justicia al pueblo, el pueblo le maldeciría; pero como al mismo tiempo una mirada al acaso al través de una ventana le mostrase á sus normandos, en cuyas picas y corazas, reflejaba la luz del incendio de Sowttwark, se encogió de hombros, y dijo al canciller:
—Milord, bien hecho está lo hecho. Veté y sigue siendo leal al rey.