El negocio estaba terminado; el rey se vendía.
El canciller salió tras de haber besado la mano al rey, y murmuró para sí mientras bajaba la escalera:
—Me cuestas un tesoro; pero yo lo recobraré vendiendo tu cabeza.
Al atravesar el portal, un hombre conducido por cuatro archeros entraba. Aquel hombre iba vestido de colorado.
Era Godofredo el verdugo.